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Aniversario 25 del guajiro de San Serapio

30 Oct

SAM_2052Nací en el Macondo camagüeyano, un añejo batey que creció endulzado por la azúcar y al deprimirse esta industria en Cuba a inicios del actual siglo, quedó como pueblo de viejo oeste. El nombre dicen algunos mayores se debe a un esclavo del antiguo terrateniente de la zona en épocas de la colonia, otros se lo atañen a un mambí de la guerra del 68 que estuvo protegido por esos parajes.

Mi madre descendiente de gallegos por todas las líneas, encontró el amor en los brazos de un oriental, y por la tierra roja de Moa, en Holguín, me fecundaron. Allá estuvo hasta que la caída del muro de Berlín la propulsó hasta la casa de mis abuelos en San Serapio, y muy duro tuvo que arañar la tierra para alimentarnos y mandarnos con toda la decencia posible a las escuelas a mi hermano mayor y a mí. A Georgina le debo todo cuanto soy y como soy.

“El Indio”, como se popularizó mi padre, representó siempre esa figura paterna que desde la lejanía hizo todo lo posible por educar y suministrar. Separado de la familia por amor a la tierra roja (y a causa del muro de Berlín), supo siempre responder ante los llamados apremiantes de una madre y las siempre crecientes necesidades de los pequeños. De mi padre no tendría mucho más que decir, nos falta roce.

Y allí, en ese poblado distante a solo una treintena de kilómetros del patrimonial centro histórico de Camagüey, crecí y me formé, mataperreando con los demás chiquillos por las guardarrayas, hiendo de casa en casa a la hora de los muñequitos, leyendo cuanto pude y cayera de interés en mis manos, formándome siempre una idea clara: el campo no estaba hecho para mí.

Así me embarqué primero en la cruzada informática, deslumbrado por la primera computadora que vi, y enrolándome en uno de los tantos proyectos que a raíz de esta ciencia se implementaron en Cuba. Luego comprendí que la matemática y yo nunca seríamos un matrimonio bien llevado, y decidí dejarla por la sencilla literatura, y suplir mi pasión de decir y cuestionar desde la profesión de periodista.

En la Universidad de Camagüey pasé los mejores años de mi vida, allí conocí a excelentes profesores, de los que educan en serio; a amigos que se metieron dentro y ahora con la lejanía se vuelven cada vez más necesarios; me formé, al igual que Fidel, como revolucionario y gracias a la FEU y la UJC comprendí muchos de los procesos políticos de mi nación, entendí someramente el difícil arte de dirigir y sufrí los embates del burocratismo y la desidia de quienes prefieren diluirse entre informes y actas.

En la casa de altos estudios de Camagüey, también definí mi carácter, perfilé mis esencias y comprendí, con mucha ayuda, la importancia de ser y de querernos, como única vía para lograr la aceptación social, aunque no sea esta una meta en la vida. Allí comprendí que la existencia te golpea fuerte y siempre es bueno tener uno o varios hombros que te enseñen que cuando la vida te da la espalda lo mejor es cogerle las nalgas.

Del trabajo reporteril lo máximo que agradesco es poder meterme en los vericuetos históricos de Santa María, en cambio me toca sufrir por el tener que decir y hacer sobre tópicos que me desilusionan, por ante la denuncia de lo mal hecho ver demora en las soluciones y sobre todo participar en reuniones donde se habla mucho y se actúa poco. El “reunionismo” es un mal contemporáneo en el caimán caribeño.

Así llego al cuarto de siglo, desde el período especial hasta el nuevo contexto de “amiguitos” del imperio, siempre con la máxima de ser feliz, de imponerme, de hacer lo que me de la gana para ser de esta, mi única vida, la mejor de todas. Se que en el camino encontraré molinos, no serán los primeros que venza y ya sea en mi bohío de San Serapio, o en un penthouse en Manhatan, siempre seré cubano y sobre todo orgullosamente camagüeyano.

Diosmel Galano Oliver

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Publicado por en 30 octubre, 2015 en Sociales

 

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