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La sonrisa va en el alma

16 May

Nunca le gustó la escuela; ni las buenas notas en los exámenes o el cariño de las maestras lo impulsaban a llegar alegre al aula. Solo de pensar en la hora del recreo empezaba a sudar; aunque siempre trataba de estar solo hasta él llegaban las burlas, las ofensas y algunos golpes de compañeros que le decían palabras que aun no entendía.

Con los años crecieron las insultos, cuando en el preuniversitario ya muchos alardeaban de las conquistas amorosas o corrían con desespero hacia la meta de la iniciación sexual, él sufría en silencio las diferencias y sobre todo trataba de encadenar esos impulsos que lo llevaban por un camino que la sociedad aún no entendia.

Cuando estaba solo le gustaba repasar los años vividos y siempre terminaba en los mismos recuerdos: se veía frente al espejo y en la imagen se reconocía, era él ese que con los zapatos, la ropa y el maquillaje de la madre disfrutaba una película con Leonardo, tomados de la mano eran felices.

Pero Leonardo no sabía de su existencia, por qué debería el chico más popular de la escuela, el número uno en el listado de las muchachas, el capitán del equipo de basket, el rey del recreo. Él vivía en lo más bajo del reino y hasta allí nunca llegaría su mirada; era un reino estructurado pero no impenetrable.

Todo empezó a tambalearse cuando para el trabajo de biología lo ubicaron con el compañero deseado, ya imaginaba nuevas formas de violencia y de él no podría soportarlas; entonces sencillamente enfermó, aunque la madre o el médico de la familia no encontraran las causas, la fiebre se volvió su único compañero.

El cuarto se volvió refugio con el espejo como única fuente de luz, nadie debía molestarlo, ni siquiera la madre que ahora entraba para mentirle, si porque debía ser falso que Leonardo estuviese en la sala y ella tan contenta porque al con conocía a sus amigos, si ella supiera.

Cuando lo vio no supo que hacer, traía varios libros para hacer el trabajo de curso si la salud se lo permitía; él lo invitó a pasar a su cuarto y juntos hojearon textos que con cada página alejaban la fiebre y acercaban la esperanza. Fue una linda tarde que se repetiría el lunes en la biblioteca.

Allí una lámina desencadenó la pregunta:

– ¿Te gustan los hombres?

– ¿No sé, por qué preguntas?

– Si vieras tu cara cada vez que pasamos una lámina del cuerpo masculino entenderías, dijo Leonardo un poco risueño.

Lázaro no supo que decir, cambió de tema preocupado por el lugar donde iban a imprimir el trabajo.

– Oye conmigo no hay problema, mi hermana es lesbiana y en la casa todos entendemos. Ella habla bastante conmigo y me ha explicado sobre esto de la orientación sexual, de la diversidad…

– ¡No me gustan los hombres cojone!, gritó mientras todos en la biblioteca lo vieron salir sin mirar atrás.

Toda la noche pensó en lo sucedido, si pudiera decirle que se sentía atraído por otros varones, que de las adolescentes solo admiraba el pelo o los colores de las uñas, y sobre todo explicarle que le gustaba él. Leonardo había demostrado ser un rey magnánimo pero hasta qué punto.

Al otro día en el aula no levantó la vista y a la hora del recreo corrió a esconderse en el baño para no verlo. Hechó agua en su rostro y una mano conocida le alcanzó el pañuelo. Sorprendido miró cómo escaparse y no encontró salida, y mayor fue el asombro cuando sintió el roce de sus labios.

– Yo estoy consciente de mis gustos y quisiera que tú hicieras lo mismo, le dijo.

– Para ti es fácil, eres normal.

– Y qué tienes de anormal, la felicidad se lleva en el alma, dijo mientras salía y dejaba a Carlos con un manojo de dudas y sensaciones.

Aquel beso fue un despertar y el inicio de una nueva etapa. Comenzó a sonreír y le gustaba, comprendió la importancia de ser feliz, de quererse, de luchar por sus sueños.

Volvieron las buenas notas, aun a tiempo para lograr el ingreso a la universidad en la carrera de Psicología. Allí conoció el amor y decidió compartir con otros sus experiencias pues en los centros educacionales existen formas de discriminación que si no son atendidos pueden causar irreversibles daños.

Carlos encontró el apoyo entre sus amigos, pero no todas las historias tienen un final de cuentos de hadas; en la realidad son mayoría quienes abandonan los estudios para no enfrentarse al bulling escolar.

Corresponde entonces a las escuelas, de conjunto con la familia, prestar la atención debida a esos pequeños que merecen mayor seguridad y guía en este mundo aun muy marcado por las diferencias.

Las señales existen, solo hay que querer mirarlas.

Por Diosmel Galano Oliver

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Publicado por en 16 mayo, 2017 en Sociales

 

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